Metodologia propia de orientación vocacional

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orientación

Adolescente explorando intereses y posibilidades académicas y profesionales durante la construcción de su identidad vocacional.

La identidad vocacional no es…

Elegir qué estudiar es una de las decisiones que más conversaciones genera entre padres e hijos durante la adolescencia. Hablamos de asignaturas, notas, Bachillerato, Formación Profesional, universidades y salidas laborales, pero detrás de todas estas decisiones existe un proceso psicológico mucho más amplio: la construcción de la identidad vocacional.

Comprender que esta identidad no nace definida, no equivale a elegir una profesión, puede evolucionar y no se construye de manera lineal nos ayuda a entender mejor por qué nuestros hijos exploran, cambian, profundizan en sus intereses o reconsideran algunas de sus decisiones.

Antes de analizar estas ideas, es importante comprender qué entendemos por identidad vocacional y qué papel desempeña en el desarrollo académico y profesional de los adolescentes. En nuestro artículo ¿Qué es la identidad vocacional? explicamos este concepto, cómo comienza a construirse y por qué resulta clave para comprender sus decisiones educativas y profesionales.

Cuando trabajo con padres y adolescentes, observo que buena parte de las preocupaciones familiares se concentran en la elección final. Queremos que nuestros hijos encuentren algo que les guste, que tenga futuro y que les permita desarrollarse profesionalmente. Sin embargo, la identidad vocacional forma parte de un proceso mucho más amplio: está relacionada con cómo se reconocen a sí mismos, con los referentes con los que se identifican y con quiénes comienzan a imaginar que quieren llegar a ser profesionalmente.

La identidad vocacional no es… innata o hereditaria

Una de las preguntas que más aparece cuando hablo con familias sobre identidad vocacional es si nacemos con ella o si puede heredarse. Y es comprensible. Todos conocemos a ese niño que desde pequeño decía que quería ser médico y, años después, terminó estudiando Medicina. También encontramos familias en las que varias generaciones se han dedicado a la misma profesión. Estos ejemplos pueden hacernos pensar que algunas personas nacen con una vocación y que nuestra tarea consiste simplemente en descubrirla.

Podemos tener características personales, intereses, habilidades o preferencias que aparecen desde edades tempranas y que incluso se mantienen durante años. Sin embargo, sentir interés por cuidar a los demás, construir cosas, trabajar con animales o resolver problemas no equivale a haber nacido con una identidad profesional determinada. Entre esos primeros intereses y llegar a reconocernos como médicos, psicólogos, ingenieros o profesores existe un proceso en el que vamos construyendo el significado que determinadas posibilidades tienen para nosotros.

La identidad vocacional tiene que ver precisamente con cómo vamos dando sentido a quiénes somos en relación con nuestro futuro académico y profesional. En esa construcción intervienen aquello que nos interesa y valoramos, las capacidades que reconocemos en nosotros mismos, las actividades que disfrutamos, las posibilidades que conocemos y aquellas en las que empezamos a reconocernos. Por eso necesita tiempo y, sobre todo, experiencias que permitan ampliar, contrastar y dar significado a aquello que inicialmente podía ser solo un interés.

El entorno también participa en este proceso. Las oportunidades que encontramos, las profesiones que llegamos a conocer, las experiencias que vivimos y las personas que tomamos como referentes amplían o limitan aquello que podemos llegar a imaginar para nosotros mismos. Esto explica por qué dos adolescentes con intereses o capacidades similares no tienen necesariamente que construir la misma identidad vocacional y también por qué aquel niño que quería ser médico desde los seis años puede terminar siéndolo: no porque su identidad estuviera determinada desde entonces, sino porque ese interés inicial pudo mantenerse, desarrollarse y adquirir progresivamente un significado propio.

La identidad vocacional no es… la elección de una profesión

Una vez entendemos que la identidad vocacional se construye, aparece una segunda confusión muy habitual: identificar esa construcción con el momento en el que el adolescente decide qué estudiar. Sin embargo, quién quieres ser profesionalmente y qué profesión quieres estudiar, no son la misma pregunta.

Cuando un adolescente dice -quiero estudiar esto-, detrás de esa elección pueden intervenir muchos factores. Las expectativas familiares, las profesiones que conoce, las oportunidades educativas, las posibilidades económicas, la opinión de sus amigos o aquello que considera que tendrá mejores oportunidades laborales pueden influir en su decisión. Elegir unos estudios es importante, pero llegar al nombre de una profesión no significa necesariamente haber construido una identidad vocacional.

Por eso, dos adolescentes pueden elegir exactamente la misma carrera y haber llegado hasta ella mediante procesos muy diferentes. Uno puede haber explorado alternativas, contrastado sus intereses, conocido distintos ámbitos profesionales y empezar a reconocerse en esa posibilidad. Otro puede elegirla porque es una de las pocas opciones que conoce, porque está muy presente en su entorno o porque todavía no ha tenido oportunidades para explorar otras alternativas. La elección puede ser la misma; el proceso de construcción de identidad que existe detrás puede ser muy diferente.

Y también puede suceder lo contrario. Un adolescente puede estar avanzando en su desarrollo vocacional sin tener todavía el nombre de una profesión decidido. Identificar intereses, reconocer capacidades, ampliar las opciones que conoce, explorar diferentes posibilidades o reconsiderar alguna de ellas también forma parte de ese desarrollo. Por eso, un «todavía no sé qué quiero estudiar» aporta muy poca información, por sí solo, sobre el estado de su identidad vocacional.

Esta distinción tiene una consecuencia importante para la orientación. Buscar información sobre grados, Formación Profesional, universidades, requisitos o salidas laborales sigue siendo necesario, pero la exploración no puede quedarse únicamente en la información. Por eso, antes de preocuparnos únicamente por cuánto le falta para decidirse, también podemos preguntarnos qué oportunidades está teniendo para conocerse, explorar y experimentar antes de hacerlo.

La identidad vocacional no es… estática

Durante la adolescencia aparecen experiencias, relaciones y referentes que pueden modificar la manera en la que una persona imagina su futuro. Esto puede preocupar especialmente cuando un hijo había mantenido durante años una preferencia profesional aparentemente consolidada, pero la estabilidad de la identidad no significa que permanezca inmóvil.

Pensemos en una estudiante con excelentes resultados académicos que durante años había imaginado su futuro vinculado a las Matemáticas, la Física y la investigación científica. Durante la pandemia comenzó a observar con mayor atención el trabajo de los profesionales sanitarios, se identificó con lo que representaban y empezó a imaginarse en ese contexto profesional. Finalmente decidió orientar sus estudios hacia Medicina.

Su historia no habla de una adolescente que no sabía lo que quería. Había construido una imagen de sí misma vinculada a la ciencia y había tomado decisiones coherentes con ella. La aparición de nuevos referentes incorporó otros significados a esa construcción y modificó la persona que imaginaba llegar a ser profesionalmente, sin necesidad de borrar todo lo anterior.

Ahí encontramos una característica fundamental de la identidad: mantiene continuidad mientras incorpora nuevas experiencias y significados. La identidad vocacional, como una dimensión de nuestra identidad personal, puede conservar elementos relativamente estables y al mismo tiempo evolucionar a medida que ampliamos nuestra experiencia y nuestra forma de entendernos.

La identidad vocacional no es… lineal

Cuando trabajo con padres y adolescentes hay dos procesos a los que doy especial importancia: la exploración y la reconsideración. Construir una identidad vocacional no consiste simplemente en ampliar opciones hasta encontrar una y mantenerla sin cambios. Exploramos para construir compromisos, pero también para profundizar en ellos y obtener experiencias que pueden llevarnos a revisarlos.

Cuando hablamos de exploración vocacional solemos pensar en investigar carreras, comparar universidades, conocer requisitos de acceso o analizar oportunidades laborales. Todo ello es necesario, pero para mí la exploración necesita también práctica y acción. Participar en actividades, acercarse a entornos profesionales, conversar con personas que trabajan en diferentes ámbitos o experimentar tareas relacionadas con nuestros intereses permite contrastar lo que imaginamos con una experiencia más cercana a la realidad. La práctica aporta información sobre las opciones, pero también sobre nosotros mismos.

Pero explorar también puede llevarnos a reconsiderarlos. La práctica puede mostrar a un adolescente que aquello que imaginaba no coincide con su experiencia, que un interés ha cambiado o que otra posibilidad empieza a adquirir mayor significado. Reconsiderar una elección a partir de lo aprendido no significa necesariamente que la decisión anterior fuera un error. Significa que ahora dispone de información sobre la opción y sobre sí mismo que antes no tenía.

Esta diferencia me parece especialmente importante para las familias. Descubrir que algo ya no encaja puede generar frustración, sobre todo cuando se ha invertido tiempo y esfuerzo o existen expectativas alrededor de esa elección. Aprender a reconocer qué ha cambiado, integrar lo aprendido y decidir cómo continuar puede convertir la reconsideración en un proceso de autoconocimiento, aprendizaje y madurez.

Precisamente por eso necesitamos ayudar a los adolescentes a gestionarla: distinguir entre una dificultad que forma parte del aprendizaje y una experiencia que está aportando nueva información sobre ellos mismos, sin convertir cada obstáculo en un motivo para abandonar ni cada cambio en una equivocación.

Una investigación longitudinal publicada en 2021 siguió durante once años a 494 participantes desde la adolescencia hasta la adultez emergente y analizó, entre otros aspectos, tres procesos relacionados con el desarrollo de la identidad: compromiso, exploración en profundidad y reconsideración. Sus resultados ayudan a comprender que estos procesos no funcionan como etapas que se cierran una detrás de otra. Construir un compromiso no significa terminar de explorar: podemos continuar profundizando en aquello que hemos elegido y esa exploración puede contribuir a fortalecer nuestros compromisos.

La identidad vocacional se construye a través de experiencias, relaciones, referentes, exploración y decisiones. Mantiene continuidad, pero puede evolucionar; nos permite construir compromisos y también revisarlos a medida que incorporamos nuevas experiencias.

Por eso, acompañar el desarrollo vocacional durante la adolescencia va más allá de proporcionar información sobre estudios y profesiones. También significa crear oportunidades para explorar, experimentar y reflexionar sobre lo aprendido, ayudando a nuestros hijos a relacionar sus decisiones con la persona que están construyendo.

La identidad vocacional no consiste en acertar con una profesión. Se construye mientras aprendemos quiénes somos y quiénes queremos llegar a ser profesionalmente.

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